La gente piensa que un proyecto comienza cuando tomo un lápiz y dibujo, pero en realidad eso casi nunca sucede. Si agarro una hoja y hago garabatos, no significan nada para nadie. Son solo rayas, un intento de ordenar lo que ya está dando vueltas en mi cabeza.
El proyecto de una casa no se inventa. Es una respuesta. La pregunta está escondida: en el terreno, en el viento, en los deseos del habitante, en la habilidad de los constructores. El trabajo del arquitecto es encontrarla, formularla con exactitud. Entonces la respuesta aparece sola, como palabra ya pronunciada: la casa.
Paso más tiempo en ese diálogo mental que frente al papel. Es un monólogo que se repite muchas veces, y nunca es igual.

Cuando por fin parece estar lista la idea, cuando la pregunta se ha revelado y la respuesta asoma, entonces ya no puedo detenerme. Urge salir. El papel deja de tener sentido. Mi verdadero lienzo en blanco no es una hoja, es la pantalla de AutoCAD. He probado todos los programas que existen y ninguno me sirve, ninguno es mi espacio vacío. Solo ahí, en ese fondo negro, puedo vaciar de golpe todo lo que parecía invisible para los demás.
Desde afuera podría parecer que de pronto se me ocurrió algo y dibujé unos planos. En realidad, lo que pasó es que estuve mucho tiempo dándole vueltas a la idea, repitiéndola hasta que apareció la chispa. Porque esa primera línea no es un trazo cualquiera: es el momento en que dos mundos se rozan. El de las ideas y el de lo material. Como dos piedras que al golpearse lanzan fuego.
Dibujo rápido, sin bloques, solo líneas nuevas. Todo debe estar ahí desde el principio, nada puede quedar suelto. Si algo falta, no hay manera de salvarlo. Hay que tirarlo todo y empezar otra vez, otro lienzo, otra chispa.
En realidad, el proyecto ya estaba resuelto antes de trazar. Lo invisible se volvió visible en un instante y entonces solo queda pasarlo a la pantalla, línea tras línea, hasta que aparece completo. Afuera parece un borrador. Para mí, es la revelación de la casa que ya estaba allí, esperando.